Normalmente sentimos un poco de amor por aquellos con los que sentimos alguna afinidad, con los que pertenecen al mismo grupo, a la misma religión, al mismo país, al mismo club, o a cualquier cosa que nos interesa, sin sentirnos colmados ni satisfechos. Esto se debe a que estamos amando desde nuestra identidad humana limitada y miope, sumida en el juego de la dualidad.

Platón intuía que el ser humano es un alma atrapada en un cuerpo, que se mueve en un entorno material. En otras palabras, mientras que el amor pertenece al reino del espíritu, el cuerpo material es una especie de prisión material para ese espíritu.

Para este filósofo, el amor humano puede ser experimentado como un estado de éxtasis o como un estado de moderada frustración, al sentir que hay algo más allá de lo físico que nos llama pero que, a la vez, no nos es entregado totalmente; por mucho que lo deseemos, seguimos encadenados al mundo material.

La concepción platónica del amor es, por consiguiente, la de un impulso interior que nos hace aspirar a ir más allá de lo material con el fin de abrazar la esencia de algo o alguien, para acceder a la belleza de la integración total, pero nos damos de frente con la barrera de la materia, con un dejo de frustración. 

A esa aspiración del más allá, al anhelo profundo de retornar al origen casi olvidado, Platón lo llama “eidós”.  La visión a la que se refiere la “idea” griega es el aspecto o figura que ofrece una cosa al verla. La idea es lo que se ve de una cosa cuando se contempla cierto aspecto de ella. En este nivel de realidad solamente vemos algunos aspectos de la Realidad Última, de nuestra verdadera esencia y, al contemplarlos, nos recuerdan el origen divino que añoramos.  Ese origen del que tan solo contemplamos vestigios, es el ideal más elevado (eidós) al que aspira el alma humana y el que guía a los seres más despabilados.

La belleza es en si un poderoso imán que nos atrae hacia la reintegración con la Unidad que somos, que en el plano humano no podemos alcanzar a plenitud por la identificación que tenemos con lo material, y con el cuerpo en especial.  La belleza pertenece al plano espiritual que intuimos y no logramos hacer del todo nuestro. Lo que caracteriza al amor es, por tanto, la búsqueda de lo verdadero y puro, de nuestra propia esencia y belleza primigenia, de la que nos sentimos separados por la coraza de la materia.

En la vida mortal el amor platónico se vive con muchas frustraciones debido a que queremos poseer al objeto amado. Vemos la belleza del “otro/a” y la queremos hacer nuestra porque no vemos la propia, desfigurada por nuestro “lado oscuro”.

Para Platón, el amor es la motivación o impulso interior que nos lleva a intentar reconocer, contemplar e integrar la Belleza en sí misma.

“En el sentido universal, el amor es el divino poder de atracción, presente en la creación, que armoniza, vincula y une. […] Aquellos que viven en sintonía con la fuerza de atracción del amor logran la armonía con la naturaleza y con sus semejantes, y son atraídos hacia la bienaventurada reunión con Dios”, enseña Paramahansa Yogananda.

El amor auténtico procede del espíritu y solamente puede ser experimentado desde el espíritu, a través del espíritu. Es una cualidad del Espíritu y sólo la persona conectada con el Espíritu ama verdaderamente. 

El amor desde el espíritu consiste en el deseo de identificarse con el objeto amado, es un profundo anhelo de hacerse uno con él.

San Agustín reafirma: “No todo tipo de deseo y amor es capaz de hacer feliz a una persona. Sólo un eterno e imperecedero bien nos puede hacer felices de verdad, pues únicamente tal bien excluye todo temor de perder al objeto amado… El amor nos une con Dios, nuestro eterno, imperecedero bien, y de esta manera nos hace partícipes de la eternidad de Dios. Esto sucede de acuerdo con el principio de que el ser humano se convierte en lo que ama: si ama a la tierra, es tierra; si ama a Dios eterno, compartirá la eternidad de Dios”.

Por otro lado, C. S. Lewis dice que “El amor no es un sentimiento de cariño, sino un deseo constante por el bien supremo del ser amado, hasta donde este pueda alcanzarse”.  Aunque sea aceptable esta definición, carece de algo importante: nada dice acerca de cómo se expresa el amor. Puedo desear el bien supremo de alguien, e incluso intentar alcanzarlo, pero de una forma no amorosa.

Como nuestra esencia es Amor, no podemos dejar de amar. Cuando amamos ignorando quiénes somos, lo normal es que expresemos distintas formas de anti-amor o amor negativo; cuando nos conectamos con el espíritu, expresamos verdadero amor o amor positivo, porque no solo deseamos el bien del otro, sino que, al estar conectados con el espíritu, elevamos sus vibraciones a la elevada frecuencia del Espíritu. 

Yogananda añade: “Aquel cuyo corazón rebosa de amor divino es incapaz de herir a nadie intencionalmente. Cuando amas a Dios sin reservas, Él colma tu corazón con su amor incondicional por todos los seres. No es posible describir, en el lenguaje humano, semejante amor. […] El hombre común es incapaz de amar a los demás de ese modo. Egoístamente centrado en la conciencia de «yo, mí y mío», no ha descubierto aún al Dios omnipresente que reside en él y en todos los demás seres. Para mí no existe diferencia entre una persona y otra; contemplo a todos como almas que son el reflejo del único Dios.

Nadie me es extraño, porque sé que todos somos parte del Espíritu Único. Cuando logres experimentar el verdadero significado de la religión, que es conocer a Dios, comprobarás que Dios es tu Ser y que se halla igual e imparcialmente presente en todos los seres: entonces serás capaz de amar a todos como a tu propio Ser”.

Cómo expresar el amor positivo

De nada sirve definir al amor y hablar sobre él si no lo experimentamos. Por ello, Yogananda aclara: “El mundo en general ha olvidado el verdadero significado de la palabra amor. El ser humano ha maltratado y crucificado tanto al amor, que muy poca gente sabe lo que realmente es. De la misma forma que el aceite está presente en cada parte de la aceituna, el amor impregna cada partícula de la creación. No obstante, definir el amor es muy difícil, por la misma razón que el sabor de una naranja no puede ser totalmente descrito con palabras. Si quieres conocer el sabor de una fruta, debes probarla; lo mismo sucede con el amor”.

El amor es uno de los frutos del espíritu, el más sabroso, nos dice Pablo de Tarso: “El fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio propio; contra tales cosas no hay ley”.

El amor es la cualidad que gobierna a los otros frutos, que son maneras en las cuales se manifiestan nuestro amor a Dios y a las otras partes de la totalidad de nosotros mismos, a las que llamamos “prójimo” porque está próximo o cercano a nosotros.  Podemos anhelar el bien supremo a nuestro prójimo, pero si no somos pacientes, benignos (gentiles), humildes, alegres, justos, honestos, sinceros, responsables no estamos expresando amor genuino.

“El amor es paciente, bondadoso. El amor no tiene envidia; no es jactancioso, no es arrogante. No se porta indecorosamente; no busca el propio provecho, no se irrita, no toma en cuenta el mal recibido. El amor no se regocija de la injusticia, sino que se alegra con la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”, leemos en la famosa Primera Carta a los Corintios de Pablo de Tarso.

Y en los escritos de Yogananda: “Desarrollar el amor puro e incondicional entre esposo y esposa, entre padres e hijos, entre amigos, entre uno mismo y los demás, es la lección que hemos venido a aprender a la tierra.  Desear la perfección para el ser amado, y experimentar un sentimiento puro de gozo al pensar en esa alma, es amor divino; y ése es el amor que existe en la verdadera amistad”.

 “El mayor amor que puedes sentir se encuentra en la comunión con Dios que se experimenta en la meditación”, agrega Yogananda. “El amor entre el alma y el Espíritu es el amor perfecto, el amor que estás buscando. Cuando meditas, el amor crece. Incontables vibraciones de gozo atraviesan tu corazón. […] Si meditas profundamente, recibirás un amor que es imposible describir con palabras; conocerás su amor divino y podrás dar ese amor puro a los demás”.

Es el mismo amor que Jesús mostró por María.  Su hermana Marta trabajaba intensamente para el Maestro, pero su mente estaba centrada en las tareas domésticas, no en él; en cambio, María pensaba más en el Maestro que en el trabajo que a ella le correspondía hacer. Debido a que el amor de María era más refinado, Jesús dijo de ella: “María ha elegido la mejor parte, que no le será quitada“.

Conclusión

¿Por qué pasar todo el tiempo en busca del transitorio amor humano?

Todas las formas de amor humano: conyugal, familiar, fraterno, de amistad, conducen a callejones sin salida. El amor expresado desde el Espíritu es el único amor perfecto. “Es Dios Mismo jugando al escondite en los pasadizos del corazón, para que así, detrás de los pequeños amores humanos, puedas encontrar su amor, que todo lo satisface”, sentencia Paramahansa Yogananda.

Y agrega: “Por tanto, ama a Dios, no por sus dones sino porque forma parte de ti y te ha hecho a su imagen y semejanza; así le encontrarás. Si meditas profundamente, recibirás un amor que es imposible describir con palabras; conocerás su amor divino y podrás dar ese amor puro a los demás…  Usemos nuestros tesoros de una forma digna y seamos de los que tienen un corazón grande y generoso”.

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